Aprender a habitar, saborear y querer el silencio y la quietud es otro de los objetivos que deberíamos plantearnos al educar.  La palabra, innegablemente, nos ayuda a comunicar, a explicar, a expresarnos.  Con ella establecemos “puentes” con otros, representamos lo que no está presente.   Para aprender  también necesitamos palabras: la información nos llega con ellas y cada vez más datos y explicaciones nos asaltan de la mano de la tecnología.

  El siglo pasado nos hizo valorar la palabra.  Pero en este tiempo de carreras, de competencias despiadadas y exceso de estimulación sería bueno comenzar a recuperar la capacidad de observar, de registrar y sentir el mundo.  En el silencio es clave estar, saborear, amar.  Verbos que implican quietud.  Y que implican una atención más plena.

  Ayudar a nuestros niños a ejercitar la escucha los lleva a prestar atención a otros lenguajes: los gestos y los silencios.  Como regalo tomarán más conciencia en las sensaciones, volviéndose más sensibles, conectando con las emociones de un modo más complejo y más profundo.

  ¿De qué modo el atender con quietud puede incidir positivamente en los aprendizajes?  Sabemos, en primer lugar, que un cerebro “tranquilo” se encuentra en las condiciones óptimas para iniciar cualquier aprendizaje.  De este modo, pueden lograr mayor concentración y confianza.  Todo niño tiene una mente curiosa.  Lamentablemente esta capacidad se va perdiendo con los años al estar preocupados en demasiadas cosas. Pausar la mente, permite sentir lo que se necesita en ese momento, estimulando a realizar mejores aprendizajes.

  ¡La atención, tranquilidad y confianza funcionan!  A probarlas en nuestros chicos.

Marta Aimino, Directora Secundario